El metro avanza
serpiente eléctrica
bajo la piel húmeda de Bilbao,
y es carnaval
y el vagón
es garganta,
es latido metálico,
es animal que traga brilli-brilli
y escupe estaciones.
Se abren las puertas —
suspiro neumático—
entran tres vampiresas,
un romano con deportivas,
una sardina plateada
que huele a laca y a cola.
La luz blanca
hace del maquillaje
una cartografía lunar.
Las risas rebotan en los cristales,
suben al techo,
caen como confeti cansado.
En el centro del vagón
una medusa fluorescente se enreda en la barra,
piratas, astronautas, alas negras,
promesas gritadas a destiempo:
la noche será nuestra,
la noche será larga,
la noche no terminará.
En el suelo
bolsas llenas de botellas
anuncian una alegría urgente.
El vagón es un mapa del mundo:
trenzas africanas,
acentos que se mezclan,
máscaras de plástico,
un samurái improbable,
una pareja que comparte auriculares
como si compartiera refugio.
Y están los otros.
El hombre del traje oscuro
abraza su maletín.
La enfermera, turno largo en los ojos,
mira las alas negras
como quien mira una ventana cerrada.
La estudiante subraya apuntes invisibles
mientras escucha el tintinear
de las botellas que prometen olvido.
No van disfrazados.
Pero llevan
sus propias máscaras.
Las estaciones pasan
cuentas de un rosario subterráneo.
Sale la sardina.
Entra Napoleón.
Bajan las vampiresas.
Suben esqueletos.
Todo es tránsito.
Todo es ruido.
Todo es juventud que arde
un instante
y después humo.
Alguien canta
sin principio.
Otros responden
sin final.
Y el metro sigue,
fiel,
arrastrando bajo tierra
un eco de risas
que ya empieza
a parecer
recuerdo.
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