2026(e)ko otsailaren 21(a), larunbata

CARNAVAL EN BILBAO


El metro avanza

serpiente eléctrica

bajo la piel húmeda de Bilbao,


y es carnaval

y el vagón 

es garganta,

es latido metálico,

es animal que traga brilli-brilli

y escupe estaciones.


Se abren las puertas —

suspiro neumático—

entran tres vampiresas,

un romano con deportivas,

una sardina plateada

que huele a laca y a cola.


La luz blanca

hace del maquillaje

una cartografía lunar.

Las risas rebotan en los cristales,

suben al techo,

caen como confeti cansado.


En el centro del vagón

una medusa fluorescente se enreda en la barra,

piratas, astronautas, alas negras,

promesas gritadas a destiempo:

la noche será nuestra,

la noche será larga,

la noche no terminará.


En el suelo

bolsas llenas de botellas

anuncian una alegría urgente.

El vagón es un mapa del mundo:

trenzas africanas,

acentos que se mezclan,

máscaras de plástico,

un samurái improbable,

una pareja que comparte auriculares

como si compartiera refugio.


Y están los otros.


El hombre del traje oscuro

abraza su maletín.

La enfermera, turno largo en los ojos,

mira las alas negras

como quien mira una ventana cerrada.

La estudiante subraya apuntes invisibles

mientras escucha el tintinear

de las botellas que prometen olvido.


No van disfrazados.

Pero llevan

sus propias máscaras.


Las estaciones pasan

cuentas de un rosario subterráneo.

Sale la sardina.

Entra Napoleón.

Bajan las vampiresas.

Suben esqueletos.


Todo es tránsito.

Todo es ruido.

Todo es juventud que arde

un instante

y después humo.


Alguien canta

sin principio.

Otros responden

sin final.


Y el metro sigue,

fiel,

arrastrando bajo tierra

un eco de risas

que ya empieza

a parecer

recuerdo.


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